
Thomas
Pihl
Pihl construye sus colores aplicando capa tras capa de pintura, mezclando y superponiendo hasta que emerge un color dominante. Las distintas capas vibran en la distancia como sombras o recuerdos de colores anteriores que, en conjunto, forman una nueva tonalidad. Esto se hace visible al observar los laterales de las pinturas, donde aún permanecen goteos y estallidos de color que remiten al resultado final de la obra.
El color de la pintura atrae y seduce al espectador, invitándolo a mirar una y otra vez. En la obra de Pihl, la propia pintura se convierte en el centro de atracción: una ventana hacia un mundo indefinido pero estéticamente cautivador, que alude a significados ocultos y a mensajes más allá de la realidad física de la obra en el espacio museístico.
La pintura es un objeto, pero al mismo tiempo materializa significado y contemplación.