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Attila Kertész

Attila

Kertész

Attila Kertész crea figuras totémicas guiadas por el ciclo de la vida, el origen y la finalidad. En el núcleo de su práctica se encuentra la exploración de los ritmos esenciales de la existencia: nacimiento, unidad, creación, proliferación y, finalmente, decadencia. Sus esculturas de arcilla nacen de una filosofía en la que el barro simboliza evolución y transformación; es la tierra que pisamos y, a la vez, el depósito ancestral de organismos que alguna vez estuvieron vivos. De ese sustrato primigenio emergen formas que se entrelazan para existir en conjunto, encarnando la energía de la creación y el potencial simultáneo de la disolución.

 

En sus obras, Kertész depura y fusiona las formas masculina y femenina en una simbiosis orgánica que responde al impulso fundamental de la naturaleza: la necesidad de generar vida y dejar una huella perdurable. Estas entidades autofecundantes se convierten en fuerzas vivificantes, organismos imaginarios que prolongan la cadena de la existencia desde tiempos inmemoriales. Al incorporar sistemas de motivos botánicos, sus esculturas se transforman en árboles de arcilla que se elevan y brotan hacia el cielo, con protuberancias semejantes a estambres, ramas y brotes que anhelan perpetuarse.

 

El proceso creativo es para el artista un diálogo físico y primario con el material. Moldea la arcilla pigmentada con la fuerza del tacto, texturizando cada superficie mediante miles de gestos diminutos que revelan la resistencia, la adaptabilidad y la memoria del barro. Las superficies cerámicas mates, interrumpidas por zonas de esmalte brillante, refuerzan la sensación de vitalidad interna y de continua mutación. En estas esculturas monumentales, Kertész busca dar forma a ese impulso eterno que recorre la naturaleza y al deseo profundamente humano de crear, multiplicarse y asegurar la continuidad de la existencia.

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